Un discípulo llegó ante su maestro y le dijo:

– Algunos amigos y familiares sostienen que no existe la vida después de la muerte.

El Maestro no dijo nada. Solamente sonrió.

El discípulo insistió:

– ¡Pero eso sería horrible! Ya no existiríamos… no podríamos ver, ni escuchar, ni amar… ¡qué tremendo!

– Pues no deberías horrorizarte tanto. Mira a tu alrededor y comprueba que la mayoría de las personas vive de esa forma durante toda su vida, no vive plenamente, no ama, no ve, no escucha…

La pregunta correcta que deberían hacerse todos los seres humanos sería: “¿existe la vida antes de la muerte?”

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El jefe de una tribu Cheerokee le habla a su nieto acerca de la vida. Le dice:

– Una gran batalla está ocurriendo dentro de mí.

– Es una lucha terrible.

– Es una lucha entre dos lobos.

– Uno de los lobos es el mal: él es el temor, la ira, el envidia, la codicia, la arrogancia, el resentimiento, la mentira, la soberbia, la culpa.

– El otro es el bien: él es la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la humildad, la generosidad, la verdad, la compasión, la dulzura y la fé.

– Esta misma pelea ocurre dentro tuyo y dentro de cada uno de nosotros.

El niño se queda pensando en lo que le había dicho su abuelo. Pasado un tiempo le pregunta:

– ¿Qué lobo ganará?

El anciano mira a su nieto fijamente y contesta:

– El que alimentas.

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Dos amigos se reunieron para comer y antes uno de ellos pasó por el quiosco a comprar el periódico. Este saludó amablemente al vendedor. El quiosquero, en cambio respondió con malos modales y muy desconsiderado le lanzó el periódico de mala manera.

El comprador en cambio sonrió amablemente y pausadamente deseo al quiosquero que  pasara un buen día, dándole las gracias por su servicio.

Los dos amigos continuaron el camino y cuando ya estaban alejados del quiosco, el otro amigo le dijo:

– Oye ¿Este hombre siempre te trata así?

– Si, por desgracia – le dijo el amigo

– ¿Y tú siempre te muestras con él tan educado y amable?

– Si, así es.

– Y ¿me quieres decir, por que tú eres tan amable con él, cuando él es tan antipático contigo?

– El amigo le contesto: es bien fácil. No quiero que sea él quien decida como me he de comportar yo.

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En cierto lugar había un sabio admirado por su bondad y su paciencia. Nunca se le oía quejarse y siempre parecía estar tranquilo y feliz. No era de extrañar que despertara la curiosidad de sus paisanos: ellos también querían vivir como él…¿Cuál era su secreto?…El sabio se lo reveló:

-Cuando estoy echado, estoy echado. Cuando estoy de pie, estoy de pie. Cuando ando, ando. Cuando corro, corro.

-Pero eso hacemos nosotros también -dijeron, decepcionados sus interlocutores-, sin embargo, nuestra vida no es como la tuya. ¡Tiene que haber algo más!

-Tenéis razón -admitió el sabio-, hay una diferencia: vosotros cuando estáis echados, ya estáis de pie, y apenas estáis de pie, ya andáis, y apenas estáis andando, ya corréis.

Poco a poco los oyentes iban comprendiendo lo que el sabio quería decir…

-Pensáis en el mañana y os perdéis el hoy, no escucháis cuando alguien habla, creéis que vuestra felicidad es lo que todavía no tenéis. Vuestra atención pertenece a lo que aún está por venir…

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Un ateo estaba pasando un día tranquilo de pesca, cuando su bote fue atacado por el monstruo del lago Ness.

Con una tremenda sacudida, la bestia volcó su bote y lo arrojó a él por los aires hasta que aterrizó en el agua.

Cuando el hombre flotaba patas arriba, comenzó a gritar:

– ¡Dios mío…! ¡¡¡¡¡¡ Sálvame!!!!!!

De inmediato, la escena del feroz ataque quedó paralizada, y estando el ateo como suspendido entre las aguas y la espuma de la batalla, una voz estruendosa se dejó oír desde las nubes:

– ¡Pensé que tú no creías en mí!

– Vamos Dios… ¡Dame otra oportunidad! – imploró el ateo – ¡¡¡¡Tampoco creía en el monstruo del lago Ness!!!!

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Cuentan que había una vez un hombre que trabajaba en un pequeño pueblo interior de un lejano país. Había conseguido ese trabajo, un puesto muy codiciado, a pesar de que él vivía en una aldea vecina al otro lado del monte.

Cada día, el hombre se despertaba en su pequeña casa en la que vivía solo, preparaba sus cosas y salía por el sendero para caminar durante tres horas que le llevaba llegar a su trabajo. No había otra manera de llegar que no fuera caminando a través del monte.

El ritual se repetía al anochecer en dirección contraria, hasta que el hombre llegaba a su casa rendido, y apenas tenía tiempo para cocinarse alguna cosa y dormir hasta la madrugada del día siguiente. …Así durante cuarenta años…

Una mañana, al llegar al pueblo, casi sin haberlo pensado, se acerca a su jefe para decirle que va a dejar su trabajo. Le dice que ya no tiene edad de semejante caminata dos veces al día, que lo ha hecho durante cuarenta años y ya no quiere hacerlo más…

El jefe, mucho más joven que él, le pregunta con genuina curiosidad por qué, en cuarenta años, no se ha mudado de pueblo…

El trabajador, baja la cabeza y contesta:

– Lo pensé… Pero como no sabía si el trabajo iba a durar… ¡No quise correr riesgos innecesarios!

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Un Sultán soñó que había perdido todos sus dientes. Al despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.

– ¡Qué desgracia, mi Señor! -dijo el sabio-… Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad…

– ¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Castigadle! – gritó el Sultán enfurecido.

Más tarde, el Sultán envió a llamar a otro sabio, pues no estaba tranquilo con el dichoso sueño. El sabio llamado, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

– Excelso Señor, ¡Gran felicidad os ha sido reservada! El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes…

El semblante del Sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que entregaran cien monedas de oro al sabio.

Cuando éste salía de Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

– ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho del sueño del Sultán es la misma que hizo el primer sabio ¡No entiendo porqué al primero se le pagó con un castigo ejemplar y a ti con cien monedas de oro!

El sabio sonriendo respondió:

Amigo mío, todo depende de la forma en la que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra… La verdad
puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir profundamente. Pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

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Dicen que en una época muy lejana, Dios solía pasear por la tierra y se quedaba largas temporadas. Se cuenta que un día un campesino fue a verle y le dijo:
– Mira Dios, tú puedes haber creado el mundo, pero hay algo que tengo que decirte: No eres un campesino y no tienes ni idea de agricultura ¡Tienes muchas cosas que aprender de esto!
– ¿Y cuál es tu consejo?, respondió Dios…
– Dame un año – le dijo el campesino – y déjame tomar las decisiones a mí. Veremos qué pasa… Te garantizo que en ese tiempo la pobreza dejará de existir.
Dios aceptó, y le concedió al campesino un año.
Naturalmente el campesino pidió lo mejor, y sólo lo mejor: Ni tormentas, ni ventarrones, ni peligro alguno para el grano. Todo confortable y cómodo. El campesino era muy feliz. El trigo, aquel año, creció muy alto, como nunca se
recordaba. Cuando quería sol, hacía sol. Cuando quería agua, llovía tanto como hiciera falta… Así que el campesino volvió a ver a Dios, y le dijo:
– Mira el grano. Tendremos tanto, que si la gente no trabaja en diez años, no pasará nada ¡Habría de sobra para todos y aún quedaría lo suficiente!
Sin embargo, en el momento en el que fue a cosechar el trigo, el campesino observó que los granos, aparentemente grandes y hermosos, estaban vacíos.
Entonces, muy sorprendido, le preguntó a Dios:
– ¿Qué ha pasado? ¿Qué error he cometido?
– Como no hubo desafío – dijo Dios – no hubo conflicto, ni fricción. Como tú evitaste todo lo malo, el trigo se volvió impotente. Un poco de lucha es imprescindible para extraer lo bueno. Las tormentas, los truenos y los relámpagos, son sucesos necesarios porque sacuden el alma del trigo y le hacen crecer fértil y fuerte.

 

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