Hijos de la vida

(Agosto 2022)

No me cabe ninguna duda de que cualquier madre o padre que se tercie, ama a sus hijos más que a cualquier otro ser, el problema es que solemos hacerlo de una manera condicionada por nuestras propias carencias, heridas y creencias. Damos lo que tenemos, no puede ser de otra forma.

Y es que los hijos no son algo de nuestra propiedad, que podamos moldear a nuestro gusto y adaptar a nuestras necesidades. Los hijos que traemos a este mundo son hijos de la vida, de la suya. Son seres libres que nos necesitan temporalmente hasta que nos vamos haciendo cada vez más prescindibles, y así ha de ser.

Los padres somos los vehículos que los traen a esta realidad y aunque nuestra función cuando nacen es la de protegerlos, guiarlos y acompañarlos a descubrirse a sí mismos y a la vida, ha de ser desde el amor y la comprensión de que son almas libres para vivir su propio plan de vida.

No pretendo ser ejemplo de nada, pero mi discernimiento interno me indica que si yo no sano mis propias heridas y atiendo a mi niña interior, repetiré patrones que limitan y carencias emocionales que dañan. Y el amor que siento estará teñido por mi propia oscuridad no resuelta y la sombra de mi sistema familiar.

Nadie es perfecto y cada cual trae sus propios aprendizajes y si antes no has hecho tu trabajo interior, los hijos pueden ser los grandes maestros que te reflejen qué ha de ser sanado en ti, pues mucho me temo que si tú no lo haces, le tocará hacerlo a la próxima generación o a la siguiente.

Han de ser vistos como hijos de la propia vida, libres en esencia y como semillas en potencia. Nunca un capricho, un alguien al que cargar con mis vacíos, alguien que me deba cuidar en un futuro, alguien que cumpla con mis expectativas, alguien del que sentirme orgulloso, o alguien a quien dar forma a mi gusto.

Yo como madre le presté mi cuerpo, le ofrecí mi mano y hoy como adolescente que es, le doy la distancia necesaria para que explore el mundo y se encuentre a sí mismo. Y aquí estaré siempre, por si necesita mi refugio y mi luz, sin juicios ni reproches de por medio.

Hijo, yo te libero de ser el portador de mi felicidad o el sentido de mi vida, te libero de sentir que algo me debes, te libero de cualquier carga que impida tu libre desarrollo y seguir el plan de tu alma.

Aprender a amar con un amor maduro y consciente es la asignatura pendiente de esta humanidad y todo comienza en el interior de cada uno. Amamos a los demás tal y como nos amamos a nosotros mismos, así que el trabajo ha de comenzar en tu interior, aprendiendo a amar el ser que eres, limpiando y sanando tus heridas y abrazando tus sombras. Y es que, no te quepa la menor duda, de que lo mejor que le puedes dar a tus hijos es ser tú mismo un ser libre y feliz.

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